Lugares altos y profundos
Hace un año vi cómo un humo se fundía con el azul del cielo y vi a un humano volar.
También vi un campo lleno de flores y de personas. Algunas dormidas, otras de pie.
Vi aplausos y respiraciones largas que intentaban hacer bajar aquél humo que subía y se perdía lejos.
Éramos muchos los observadores. De hecho, éramos más de lo que los arquitectos del lugar imaginaron. Todo lo que pisábamos parecía pequeño, hasta las escaleras de la cúpula que intentaba contenernos. Recuerdo que cuando bajé aquellos escalones, me senté en un banco porque estaba agotada. Nunca había visto a alguien volar.
Vinieron mis amigos y miramos juntos en silencio. Todo lo que podíamos hacer era mirar porque nos habíamos olvidado lo que eran las palabras.
Como no sabía hablar, imaginé que el humo que veía se quedaba pegado en el cielo para hacerse nube y así poder ubicarlo en un lugar fijo como si fuese un punto de referencia. Pero el instinto de materializar la realidad no era posible ese día porque había libertad. Y cuando aparece la verdadera libertad ya no hay representación material que la retenga. No se puede atrapar al viento, y mucho menos a alguien que vuela en lugares altos.
Ese día aprendí mucho. Aprendí casi lo mismo que lloré.
La libertad es más noble que todo lo que alguna vez logramos conocer. Definitivamente no estamos preparados para algo tan grande, por eso seguimos pisando lo que parece pequeño.
Hace un par de noches atrás, dormía profundo y soñé que estábamos celebrando un casamiento con algunos amigos. Yo estaba feliz por haber sido invitada a la fiesta y entre los invitados volví a ver al humano que voló. No hablamos, pero nos saludamos y sonreímos desde lejos. Recordé que una vez le dijo a una amiga que "charlar acerca pero también aplaza".
Mirar bien es aprender del otro.
Así que gracias, nos seguís enseñando.

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